Mi madre me dio a la luz un miércoles a las 3 de la tarde, era el 10 de junio de 1969. Llegué después de una larga espera de casi tres años. Mi resistencia para nacer se aferraba a una paradójica sensación de infinitud y vacío, allí donde no existen nombres ni formas, diluida en el todo o la nada...Por eso al entrar a este mundo lo primero fue un llanto desesperado. La terrible percepción de la separatividad, el hambre, el frío y el miedo...
Creciendo fui tomando una forma a través de la cual manifestar mis nostalgias por "aquello". Lo primero fue la poesía, ese tejido de palabras hechas de imágenes, emociones, vislumbres...Y la poesía la cantaba y la escribía y la dibujaba, como único modo de conectarme con el origen, para conservar la memoria de lo que fui aún antes de llegar a ser.
La niñez pasó entre voces, gritos, juegos, árboles, calles, ciclones, sueños...El momento preferido era ese de irme a dormir, cuando cesaba el ajetreo diario y comenzaba la creación. Imaginaba el sitio a donde quería ir, lo pintaba tal como lo quería, y me lanzaba hacia él a experimentar sus efluvios. Mis sueños eran mi vida verdadera, pues la creaba yo misma como a una película. Y luego allí dentro me iban poseyendo las tramas, viajando a través de los mundos.
Luego vinieron los sucesivos despertares, a los 13 la insurrección, a los 14 las transmutaciones, a los 15 las pasiones, a los 16 la encrucijada de los caminos, el comienzo del viaje nómada…me fui de la cueva materna, no en busca de cosas sino debido a la urgencia de romper aquellas ataduras que impedían mi vuelo. Para abrir bien las alas necesitaba todo el espacio bajo el cielo.
La vida comenzó entonces a ser un escenario teatral gigante. Todos éramos actores de obras tejidas dentro de otras obras. Como una gran creación colectiva (no exenta de directores de todo tipo) íbamos improvisando nuestras partituras de acciones, interactuando con tanta viveza como hiciéramos posible. El amor y el despecho, la ira y la ternura, el hambre y la inapetencia, la locura y el juicio, el miedo y la osadía. Danzábamos, tomados de la mano o sueltos, en los círculos concéntricos de la existencia, alejándonos y volviendo. Y la salvación para este caos intenso era la capacidad de entrega a cada acto, a la vez que mantener ese mínimo de control clave como para no perder la visión del rumbo.
Pintar siempre fue la mejor terapia. Me lo dijeron mis espíritus. Un soporte vacío y el pulso de la mano trazando formas, sin pensar, sin querer alcanzar nada, sólo dejándome llevar por el impulso. Reinventando el automatismo de los surrealistas, sin más pretensión que levantar la señal de humo en medio del naufragio, para que se sepa que existe esta isla de mi cuerpo, a la deriva en un mar lleno de islas también a la deriva…Para saber que no estamos solos ni locos, que sólo soñamos juntos…
Andando hacia el misterio también traigo canciones de otros mundos. Melodías dictadas de otros tiempos. No son mías, me las ha enseñado el viento.
Y aquí estoy aún, habitando esta tierra que tú también pisas. Mi gran dolor es ver la falta de consciencia que prima entre los hombres. Si realmente fuéramos dueños de nuestras vidas, así como de nuestros sueños, quizá pudiéramos actuar a favor del equilibrio e impedir que en el pulso entre la vida y la muerte sea la destrucción la que siempre gane. Este dolor es el anhelo que impulsa mi INTENTO para aportar mis energías creativas al equilibrio. Así, sin querer alcanzar ni lograr nada, simplemente trazo mi huella mientras camino…
Quién soy en esta nave redonda que circunda al sol,
qué hallazgos he venido a hacer
a través del útero que albergó mis miedos.
Camino por la cuerda tensa que cruza sobre el abismo
y me inclino muchas veces hacia el pozo de estrellas,
sólo para sentir el susurro de lo oscuro,
la náusea bendita de la muerte.
Me pregunto si sabré partir y desasirme,
sin intentar llenar el fardo de recuerdos,
de legados a mi nombre,
aún sabiendo que la Nada me dará la recompensa
y un alud me fundirá al silencio,
allí donde duermen todas las preguntas.
María Villares |